De azules y libros

SUCEDE... QUERER HABLAR CON LOS LABIOS CERRADOS; TANTOS COLORES IGUALES EN LAS CABEZAS DE TANTA GENTE DISTINTA... POR DONDE PASA UNA PERSONA PASA SU NOVELA... LIBROS LLENOS DE AZULES, DE AZULES Y DE LIBROS...

martes, abril 12, 2005

El ruido de unas pulseras

A veces sonaban las pulseras sobre el papel. Sólo a veces.
Pensaba callada en la pretensión de sus expresiones y no era capaz de mirarle a los ojos pequeños, cerrados, con demasiadas historias lindas.
Ser un lápiz pegado a una mano no era sencillo.
Vanidosa y preciosa, así se sentía, y era completamente consciente de que aquello era una pose más delante de todas aquellas inseguridades golpeándole la cara.
Callada y locuaz, sentada al borde de la cama.
El aún sudaba y dormía profundamente, ella en cambio lo miraba aterrada y escribía sobre la caja a modo de mesilla de noche.
Temblaba por si las pulseras pudieran delatar la intención, la mala intención hecha con la única voluntad que había sido capaz de guardar.
Pensaba en Virginia Woolf y se arrepentía del deseo que la perseguía desde que era niña, el deseo que la había convertido en lo que era, el simple deseo de algún desquiciado.
La habitación celeste.
Con purpurina en las esquinas y telarañas en las sabanas, la habitación más celeste que jamás hubiera podido imaginar estaba albergando la posibilidad de un gran amor, otra vez más un gran amor.
Y sólo la "A" inicial le daba escalofríos.
Ya había aprendido mecanismos para enamorarse, para saber que la cosas son de cierta manera y así había que tomárselas, pero de que sirve aprender las normas de un juego si cada día las instrucciones cambian al antojo de los jugadores, ella ni siquiera era el cubilete de un dado, sino una ficha de parchís en casa esperando desesperadamente a que su jugador sacara un 5, sólo que después del 5 el juego no podía aburrirla más y estaba esperando a que alguien volviera a comérsela para poder volver a casa a esperar otro 5.

Obligada a tanto por tan poco, dejarse convencer por sueños bohemios, irrealidades y escaleras abajo casi cae en el último peldaño. Él seguiría durmiendo, ajeno.
Pasea por la cuidad. El sol le molesta, se pone las gafas y espera a que el semáforo se ponga en verde. Camina esbelta, largas piernas, paso firme, cara extraña.
Aligera el paso -lo siento- se cae la bufanda, el bolso se descuelga mientras agachada intenta recoger una bolsa con naranjas que le ha tirado a una señora.
Se asoma a un retal de la ciudad sin coches y entra a la librería, no le apetece leer, está harta de tanto snobismo ridículo, sólo desea ser ella misma, olvidarse de aparentar, de tener que ser tan visceral e inteligente, tan frágil y neurótica, tan fuerte, tan segura, tan indefensa y miedosa, sólo ella misma, no ella en tantas cosas.
Se para frente a la puerta convencida de que da igual lo que quiera, sus pasos ya están planeados de ante mano y no puede pararse en seco, la inercia la arrastra amarrándola del pelo.
Entra en la tienda y suena una campanilla, le encantan las campanillas...tlin tilililliinnn, tlin... Recuerda su carita saliendo de una bufanda y un gorro y las manoplas cogidas a las manos de mamá. Entrar a la tienda de comestibles de enfrente de casa y escuchar las campanitas mientras olía a ajonjolí.
Ojos por encima de las gafas, pelo canoso, el tendero la mira mientras comprueba el precio de un libro anotado a lápiz en el margen de la última hoja. No se da cuenta de que ella entra, hay mucha gente.
Atrás y alante, perderse en la habitación del fondo llena de libros antiguos, con portadas grises o extravagantes. Se quita el sombrero y se desabrocha la chaqueta.
Escucha una ambulancia y desea con todas sus fuerzas que el que va dentro nunca haya formado parte de su vida, nunca vaya a hacerlo. Se siente ruin y no le importa, coge el primer libro.

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