De azules y libros

SUCEDE... QUERER HABLAR CON LOS LABIOS CERRADOS; TANTOS COLORES IGUALES EN LAS CABEZAS DE TANTA GENTE DISTINTA... POR DONDE PASA UNA PERSONA PASA SU NOVELA... LIBROS LLENOS DE AZULES, DE AZULES Y DE LIBROS...

domingo, diciembre 16, 2007

Memorias


Lo peor que le puede pasar a un pez es que no pierda su memoria; y a veces los peces no pierden la memoria.
Inés aún no lo sabía, pero tenía memoria, oculta y borrosa, pero aún estaba ahí, acechándola.
La cuestión es que Alicia no había olvidado un ápice de la historia, ni un renglón de todo aquello.
Era ella, su hermana, su querida Sofía, pero Sofía había olvidado hasta su nombre; ahora era Inés, una chica normal, que parecía mayor para su edad.
Sofía en el orfanato de repente, indefensa, sin poder hacer absolutamente nada que la sacara de aquella realidad de olor a rancho y sábanas asépticas.
Tan linda, tan callada, tan buena chica que no fue difícil la adopción, una niña hipersensible, asustadiza, que apenas si podía mirar a los ojos, no por ella sino por temor a que lo que viera el otro lo asustara de por vida.
Y Sofía un buen día comenzó a ser Inés. Hay una foto de aquello, la foto que Arturo tiene en su cuarto. “Quiero que tengas un trocito del día en el que empecé a ser feliz” le dijo.
Y Alicia la vio, en uno de los círculos o espirales que tiene esta vida tan pequeña.
Un matrimonio joven que no podía tener hijos la adoptó.
Su nueva madre era tan buena, que Sofía disfrutaba en el papel de Inés. Los mimos, los cuentos, la charlas, peinarle el pelo por las mañanas, los desayunos, los paseos con su padre, las recogidas de la escuela, los amigos, las buenas notas, las sonrisassssss.
De repente no quedaba nada de Sofía. Inés fue una niña tan feliz que olvidó todo lo que pudo. Hasta se olvidó de Alicia.
Pero Alicia no tuvo tantas sonrisas, ni desayunos ni paseos con su padre, así que su memoria permaneció intacta y se contentaba con imaginar a su hermana viviendo la vida típica que podría vivir una niña X que podría por ejemplo llamarse Inés.

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miércoles, diciembre 12, 2007

cap -XXVIII-


Arturo vislumbraba la llegada de un camión enorme, y todo el mundo sabe que los camiones suelen pararse en el arcén a recoger a las jovencitas que hacen autostop.

Así la veía, había apretado bien su atillo y comenzaba a tirar sin pena lo que le pesaba demasiado, y él la acompañaba paseando hasta algún lugar seguro en la carretera. Sabía que cuando llegara el momento él le diría “Aquí estás bien nena, no tardarán en llegar” y ella le daría un abrazo de oso y tal vez soltará alguna lagrimita por lo novelesco de la imagen pero poco más.

Y no estaba mal, en cierto modo así ocurrió con Inés, tal vez así debía seguir ocurriendo.

Las amantes de Arturo nunca se comportaron de ese modo. Era todo mucho más incómodo, mucho más fingido, una espectacular pose llena de artificios artificiales por no querer decir nada más comprometedor de la cuenta.

Pero con ella era distinto, Alicia nunca fingía.

Nunca.

Y si lo hacía, lo hacía tan bien que jamás se dio cuenta.

Ahora paseaba con ella junto a la carretera y ambos oían el sonido de los coches al adelantar, ella había dejado de temerlos pero aún no era el momento.

Un camión enorme y azul se aproximaría en la cuneta más soleada, la más bonita. Y Arturo diría discretamente; “Un placer”

Y mientras él pensaba en los caminos ancestrales que siempre llevan a Roma alguien muy cercano a Alicia había tomado una decisión pesada.

Las decisiones pesadas no deberían aplastarnos tan brutalmente, tan determinantemente, y es que es precisamente el estado de ánimo, un sentimiento en un momento determinado lo que decide los recovecos de las decisiones más complicadas.

Allí estaba ella, buscando cerillas para quemar las naves y temblando frente al número de teléfono del centro de acogida.

Y cómo iba Arturo siquiera a vislumbrar que aquella mujer invadida por el cáncer y la culpa era en realidad el lugar común entre Sofía, ahora Inés, y Alicia. Y como iba siquiera a vislumbrar que ambos pensaban en ella a la vez, en este exacto momento en el que alguien lo lee. Y ella escribe absorta sobre las Adelfas. Y ella la otra pasea por una calle bulliciosa preguntándose que habrá preparado su compañera para comer.

Misteriosos recovecos telepáticos.
Cóctel emocional.
Tres o cuatro batidas.Una más… y… ta chánnnn
El número da señal.
Arturo se siente sereno.
Alicia está bloqueada.
Inés le da una cucharada a las lentejas.

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martes, mayo 08, 2007

Alicia y Arturo

-Deja tu mensaje al oír la señal.Arturo está en la ducha, -Emm soy Alicia,- Arturo intenta salir pero se abre la cortina y la alcachofa parece una serpiente desbocada por todo el baño -Era solo por si te apetecía dar una vuelta, hace una tarde preciosa- Consigue sortearla pero resbala al intentar coger una toalla. -Bueno, cuando sea llámame ¿vale?- Arturo corre a coger el teléfono pero han colgado.De repente llaman al timbre. Es Alicia con el móvil en la mano.-Estaba en la ducha- sonríen, las evidencias siempre les parecieron divertidas.-Voy a ponerme algo y vuelvo.Ella entra temerosa en el salón, como si no le perteneciera estar allí, como si invadir esa intimidad sin permiso fuera terrible y peligrosa, como si no pudiera volver a salir de allí con vida.Observa los cuadros, algunas acuarelas baratas y un par de poemas enmarcados, (suelta una carcajada que le sube los colores) Hay muchas fotos, una de Él con un bebé, con una anciana y con una mujer hermosa que se le parece.Arturo la descubre, y descubre que no desentona demasiado en ese salón con pocos muebles, con pocos libros... su cuerpo pequeño con olor a caoba ocupa bien el espacio.Se sienta y no la interrumpe en su investigación, enciende un cigarro con el pelo aún mojado.Ahora Alicia no está violenta, cómo si mirar por dentro a alguien mientras está delante fuera menos descarado que comentar por la espalda.Alicia está serena y hermosa.Se sienta a su lado en el sofá y no sabe que decir, pero no le preocupa el silencio, al menos no en ese instante.Arturo comienza a darle una conversación fácil, como un buen samaritano que le diera la mano a un ciego para cruzar la calle. Ella es tímida y lo agradece con una carcajada, con un comentario. Él contesta con humor mientras consume sus caladas mirándola fijo a los ojos.Comienzan a rozarse y caminan hacia el cuarto.Se desvisten. Es como si él ya la hubiera tocado antes, como si su olor fuera antiguo, antiguos sus gestos, cómplices sus miradas.Alicia lo ama por primera vez desde dentro, para ella todo es nuevo, todo es fácil. No hay monstruos debajo de la cama.Cuando terminan ella mira al techo satisfecha y él la observa de costado, todo típico, todo de película mala, de literatura barata.Entonces ella ve una foto que le resulta familiar en la repisa.Se consterna. Se levanta.La sujeta en la mano.Le pregunta.-De que conoces a esta niña.-Es una foto de mi antigua novia, Inés.-Es una foto de mi antigua hermana, Sofía.

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jueves, octubre 13, 2005

El maravilloso tiempo en el que no haces nada.



"Extraña la felicidad si la sometes a los mundanos asuntos de la praxis. Alicia alimentaba oscuras tramas oceánicas y daba explicaciones simples a problemas complejos, Alicia hacía magia con infantiles teorías sobre la soledad, el miedo, los fantasmas y la felicidad.
Siempre le hizo gracia ver a los gorriones moverse en tierra, pequeños saltos absurdos. ¿Cómo podían siquiera atreverse a semejante vulgaridad pudiendo volar? ¿Intentaban reírse de nosotros?
La cuestión es que hasta teniendo alas se necesita tocar el suelo. -Es triste tal certeza- pensaba Alicia mientras disfrutaba sin hacer nada".
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Hoy me siento un poco como Alicia, sólo que yo espero a entrar en clase, y las absurdas deserciones sobre ciertos temas vuelven cómo por ósmosis al pisar la cafetería de Psicología. Absurdos psicólogos, absurdos pensamientos, quién fuera Alicia sin hacer nada.

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